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Cada Transición es diferente

Actualizado: 4 de nov de 2020

Todos los días amanezco pensando que soy normal y me da risa porque nadie en este mundo es normal, todos creen que lo normal es lo correcto y que está mal ser diferente. Ser diferente nos hace únicos, nos hace especiales, nos hace entrar en una lucha constante, pero sabemos que al final valdrá la pena.

Yo recuerdo que mi infancia fue como cualquier otra: hacía berrinche, me portaba bien y mal, jugaba con mis hermanos. Pero había algo que no era “normal” o desde pequeño me di cuenta que era diferente; no me gustan los vestidos, no me gustaban las muñecas, no gustaba peinarme, o mejor dicho, no me gustaba nada que tuviera que ver con lo típicamente femenino.


En ese momento, mis padres seguían trabajando tiempo completo a la iglesia. Ellos me compraban las muñecas, me compraron los vestidos, y me peinaban, porque su forma de educarme o de educarnos a mis hermanos y a mi, fue el de tus hermanos son niños


y tú eres niña y tienes que aprender a ser una niña y a convertirte en una “buena mujer”.

Yo no entendí nada con esos conceptos y seguía en mi confusión desde pequeña. Entré a la primaria con una actitud asocial no sé por qué, solo sé que me sentía bien estando sola. Fue fácil la primaria, al no tener amistades me enfoqué en el estudio, y así pasaron mis 6 años de primaria.


Cuando entré a la secundaria todo cambió y todo empezó en ese lugar para que me diera cuenta que solo soy lo que los demás esperan de mi por el miedo a ser rechazada.

El primer día que llegué a la escuela, en la primera secundaria donde cursé mis dos primeros años antes de cambiarme de residencia, vi a una chica hermosa, con lindos ojos y muy inteligente. En ese momento, sentí algo en el estómago no entendí este sentimiento. Pasaron los días y se dio una amistad linda, en la escuela me empezaron a molestar porque era diferente y me comportaba como niño, y a tal grado llegaron las agresiones que empezaron a decir que mi amiga yo éramos novias. En mi cabeza pasaba ojalá fuera verdad, pero no fue así y ella dejó de hablarme por unos meses.


Estaba en mi segundo año sin amiga, enfrentando día a día el Bullying de parte de mis compañeros, pero un día la que me dejó de hablar me buscó y entendí por qué me dejó de hablar, algo le pasaba a ella como algo me pasaba a mí. Fue el primer amor, pero al final el más triste, veníamos de mundo diferente; yo de familia religiosa y ella de una familia estricta, no sabíamos qué nos pasaba exactamente, lo que sí, es que nos gustaba estar juntas. Esta relación de adolescentes terminó en que yo me tuve que cambiar de secundaria y de estado.


Me cambié de estado, conocí personas diferentes, empecé a cambiar mi forma de ser y por primera vez escuché la palabra homosexual que para algunos pecado y para otros, otra forma de amor.


En este momento que escribía, me di cuenta que con mi familia totalmente católica, nunca pude hablar sobre temas de sexualidad y pensaba que al hablarlo rompía la ley de Dios; hasta que un día todo cambió cuando puede hablar con alguien que no tenía tabús y gracias a esa persona entendí que lo que sentía no está mal, no me hace ser mala persona y no significa que esté enfermo. Lo que si me comentó es que no todas las familias lo aceptan y no toda la sociedad lo aceptan.


En los años de bachillerato decidí, por miedo, a mantener todo oculto y terminar la relación que tenía y fingir ser heterosexual. Me sentía todos los días confundido, triste, y con mucha angustia que terminó en una depresión.

Pasaron los años y a mis 19 años empecé a reflexionar que no me gustaba la situación emocional donde estaba en ese momento, y pensar qué podía hacer para salir de esa situación. Fueron meses duros de reflexión, de decidir hablar con mi familia con la verdad y comentarles que me gustan las mujeres o mejor dicho, soy lesbiana (mi primera vez al salir de armario), me fue difícil tomar la decisión, dado que mi entorno social no lo ponía fácil. Mis padres son misioneros, viví en casa de misioneros e iglesias, fui al catecismo, fui monaguillo, fui catequista, daba retiros para adolescentes y era encargado del grupo de jóvenes de la iglesia, toda la iglesia y la biblia habla del amor entre hombre y mujer.


Tomé la iniciativa y les conté a mi familia, si fue fácil dado que mis padres cambiaron su forma de ser conmigo, me mandaron un mes a vivir una experiencia en un convento y ver si se me quitaba la idea o la etapa. Como siempre, para llevar una vida tranquila con mi familia no quise volver a tocar ese tema, pero ya no me ocultaba tanto con mis compañeros sobre lo que sentía, a pesar de decirles a las personas cercanas que me gustaban las mujeres, algo en mi sentía que me faltaba algo. No me sentía completo, seguía con mi actitud de incomodidad a lo femenino y miraba mi cuerpo y no me gustaba, no me avergonzaba, me incomodaba e imaginaba cómo me vería como hombre.



Y a mis 23 años me armé de valor y salí por segunda vez del armario, pero ya como chico transgénero, explicando que yo sé que nací biológicamente mujer, pero yo no me identifico como mujer, me identifico como hombre. Lamentablemente, me fue igual cuando salí como lesbiana; mis padres fueron directos al decir que jamás lo aceptarían. Al escuchar eso, solo pedí respeto. Yo no me volvería a ocultar y sabía que no me aceptarían, lamentablemente ya lo esperaba. Mi relación es complicada con mi familia.

No puedo contar mucho porque fue, y es, un proceso largo que vivo con la familia.

No por eso voy a dejar de ser quien soy. Muchos confunden lo que es ser transgénero, que es ser transexual. Yo me siento feliz con ser un chico transgénero: yo no estoy en este momento pensando entrar en tratamiento hormonal, no sé si en este momento me voy a quitar los senos, más adelante puede ser, pero en este momento me siento bien. Obviamente hay momentos en que tengo disforia con respecto a mi cuerpo, no me gusta lo que veo, pero no me avergüenza tener senos, no avergüenza tener vagina.


Hay hombres que tenemos vulva, vagina y senos.


Pero obviamente eso me provoca cada día una lucha constante. Tolerancia para los que nuestra transición es puramente social y que también seamos visibles porque a veces los chicos de transición social no somos visibles, no nos identifican como hombres por el hecho de no estar en un tratamiento hormonal.


Dentro de la misma comunidad Trans también sufrimos discriminación porque nosotros como personas transgénero no hemos hecho nada a nuestro cuerpo y no sabemos si lo vamos a hacer. Eso no significa que seamos menos hombres que otros, cada quien vive su transición de diferente manera.


Cada quien tiene su manera y su tiempo para hacer lo correcto, el camino no es fácil pero lo más importante es que, al final, todo valdrá la pena, para vernos a nosotros mismos con una sonrisa de satisfacción.


MI NOMBRE ES MARC LIAM SUASOTI,

TENGO 25 AÑOS, Y SOY UN HOMBRE TRANSGÉNERO.


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