top of page
  • Foto del escritorMi Cuerpo/Min Krop

La primera vez que me llamaron puta

Iba en 4° de primaria, tendría unos 9 o 10 años. La mayoría de las niñas de mi salón estábamos en un equipo de básquetbol y como toda niña, por querer pertenecer, yo también estaba ahí. Además, me parecía divertido, pasaba tiempo con mis amigas, perdía tiempo de clases por salir a entrenar y el resto del grupo nos admiraba porque éramos realmente buenas. Tiempo después dejé de jugar, pero esa es otra historia.




Resulta que el profesor de educación física organizaba un torneo interno para formar un equipo que representaría a la escuela en un torneo local. Duraba varias semanas y jugábamos con equipos de otros salones hasta que hubiera un equipo ganador.

Llegamos a la final y, como toda final, muchas personas de la escuela fueron a ver ese partido. Se habían formado porras que apoyaban a uno u otro equipo, había mucha tensión por ese partido. No recuerdo mucho de cómo fue el juego, pero al final ganamos. Fuimos el equipo que les ganó a todos los demás equipos de la escuela y el que les representaría en el torneo local.


Obviamente, hubo mucha euforia, gritos y celebraciones. También hubo maldiciones, gritos e insultos por “la porra” del otro equipo, era lo lógico podríamos pensar. Sin embargo, ese momento quedó tan grabado en mi mente que, 20 años después lo recuerdo con mucha claridad.


La primera vez que me llamaron PUTA, entramos al salón felices a continuar con nuestras clases normales. De repente, un grupo de niños, amigos de las niñas del otro equipo, se pararon afuera de nuestro salón a golpear ventanas, aventarnos basura y a gritarnos “son unas putas” “malditas verduleras” desahogando el mal sabor que deja la derrota.


Recuerdo que sentía mucho miedo porque golpeaban la ventana, nos hacían caras horribles, nos aventaban cosas y por su tono de voz. Sentía mucho miedo de que nos hicieran algo, pero también mucha confusión.

Era la primera vez en mi vida que escuchaba la palabra puta, jamás la había oído, no se parecía a ninguna otra en mi léxico y por supuesto no tenía un referente a la cuál asociarla.

Pero, supe a los 9 años, que era malo, era muy malo ser puta, a nadie le gustaban las putas al parecer…


Un par de minutos después de todo ese desorden, llegó una profesora a mandar a esos niños a su salón y todo siguió como si nada... Menos en mi mente porque había aprendido una nueva palabra, que no sabía qué significaba, pero que al parecer a los hombres les gustaba gritarles PUTA con mucha rabia a las mujeres que hacían las cosas bien, que sobresalían. Incluso llegué a pensar: “bueno, tal vez ser puta no es tan malo, sólo que a los hombres no les gusta”.



Con el paso de los años, pasé de ser niña a una adolescente y entonces, el mundo a mí alrededor se encargó de enseñarme que debía evitar a toda costa que me llamaran puta. Sin entender el por qué, aprendí que cuando alguien me llamara puta por hacer tal o cual cosa, debía dejar de hacer eso… como usar falda, verme linda, sonreírle a alguien, caminar sola por la calle, estudiar, alzar la voz, salir de fiesta, bailar, besarme con alguien, tener sexo, sentir placer, estudiar, cuestionar, viajar… ¡vivir!


Hace unos meses este recuerdo vino a mi mente con mucha tristeza, cuando reflexionaba sobre cómo las personas adultas nos relacionamos con las infancias y la gran cantidad de cosas que aprenden observándonos, escuchándonos… pasé la tarde reflexionando en lo importantes que son nuestras palabras, me angustió imaginar

cómo las infancias aprenden palabras que ni siquiera saben qué significan, pero saben que pueden usarlas para hacer sentir mal a alguien, para expresar y gestionar sus emociones. Sin saber a su corta edad que las humillaciones, los insultos, los malos tratos también son violencia y pueden marcar a alguien para siempre.

- Norí Elizondo

33 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page